La fiebre de la inmediatez: cuando esperar se convierte en un problema
Vivimos en una época en la que casi todo está diseñado para que tengamos que esperar lo menos posible.
Podemos pedir comida y recibirla en casa en cuestión de minutos. Comprar algo por internet y tenerlo al día siguiente. Ver una película sin esperar a que la emitan. Escuchar cualquier canción en el momento exacto en que nos apetece. Encontrar una respuesta a prácticamente cualquier pregunta con una búsqueda de unos segundos.
Y si un vídeo tarda demasiado en cargar, si una página no responde inmediatamente o si alguien tarda unas horas en contestarnos a un mensaje, es fácil que aparezca cierta sensación de impaciencia.
La inmediatez se ha convertido en una parte tan integrada de nuestra vida que muchas veces ni siquiera somos conscientes de ella. Y esto no es necesariamente algo malo. Cada sociedad tiene sus propias circunstancias, sus avances y también sus retos. La nuestra ha conseguido facilitarnos enormemente muchas tareas, reducir esperas y ampliar nuestro acceso a la información, al entretenimiento y a otras personas. Sería absurdo plantearlo como si todo lo que hemos ganado gracias a estos avances fuera negativo.
El problema aparece cuando nos acostumbramos tanto a que las cosas ocurran rápido que empezamos a esperar que toda nuestra vida funcione a esa velocidad.
Porque hay algo que la tecnología no ha conseguido acelerar: los procesos humanos.
Aprender requiere tiempo
Construir una relación requiere tiempo
Desarrollar un hábito requiere tiempo
Elaborar una pérdida requiere tiempo
Recuperarnos psicológicamente requiere tiempo
Tomar algunas decisiones importantes requiere tiempo.
Y quizá uno de nuestros retos actuales sea precisamente aprender a convivir con esta contradicción: vivimos rodeados de inmediatez, pero seguimos necesitando tiempo para casi todo lo importante.

¿Qué ocurre en nuestro cerebro?
Nuestro cerebro aprende constantemente de aquello que hacemos. Cuando obtenemos una recompensa rápidamente, tendemos a querer repetir esa experiencia. En este proceso participa el circuito de recompensa y la dopamina, que interviene en la motivación y en cómo aprendemos a anticipar aquello que nos resulta agradable.
Por eso, cuando nos acostumbramos a recibir estímulos y pequeñas recompensas de forma rápida y frecuente (un mensaje, una notificación, un vídeo, una compra o una respuesta), nuestro cerebro aprende a esperar esa rapidez. Y cuando algo requiere más tiempo, esfuerzo o espera, puede resultarnos más difícil mantener la atención o las ganas de continuar.
No significa que nuestro cerebro se esté «estropeando». Nuestro cerebro se adapta a nuestros hábitos y al entorno en el que vivimos. Y esto también es una buena noticia: de la misma manera que podemos acostumbrarnos a la inmediatez, podemos volver a entrenar la capacidad de esperar, tolerar el aburrimiento y posponer una recompensa.
¿Qué nos está pasando?
Cuando estamos constantemente expuestos a recompensas rápidas, es comprensible que las situaciones que requieren espera puedan resultarnos cada vez más incómodas. Y aquí empiezan a aparecer algunas consecuencias que, aunque puedan parecer diferentes, tienen algo en común: nos cuesta cada vez más permanecer en aquello que no nos ofrece una recompensa inmediata.
Cuando “todavía no” empieza a parecernos demasiado
La espera siempre ha sido incómoda, no hemos descubierto ahora la impaciencia. Sin embargo, cuando estamos constantemente expuestos a recompensas rápidas, es fácil que nuestra tolerancia a la espera disminuya.
Pensemos en algo tan sencillo como hacer cola: hace unos años, esperar cinco minutos podía significar simplemente esperar cinco minutos. Hoy es muy probable que esos cinco minutos se conviertan en cinco minutos de móvil: revisar mensajes, entrar en redes sociales, mirar las noticias, buscar algo, responder un correo…
No porque necesariamente tengamos algo importante que hacer, sino porque hemos aprendido a llenar inmediatamente cualquier pequeño espacio vacío. Y esto puede parecer insignificante, pero tiene una consecuencia interesante: dejamos de practicar la espera.
Lo mismo ocurre con el aburrimiento. Si nos aburrimos, tenemos una cantidad prácticamente infinita de estímulos disponibles. Si estamos inquietos, podemos distraernos. Si tenemos una duda, podemos buscar la respuesta. Si queremos algo, podemos comprarlo. Si estamos esperando una respuesta, podemos comprobar si ya ha llegado.
Tenemos muchas menos oportunidades de experimentar ese pequeño vacío que antes formaba parte de la vida cotidiana. Y quizá por eso algunas experiencias normales empiezan a resultarnos mucho más difíciles de tolerar.
La inmediatez también afecta a nuestra frustración
Una de las consecuencias más importantes de esta cultura de la rapidez puede ser la dificultad para tolerar que algo no salga como queremos y, sobre todo, que no se solucione rápidamente.
Imaginemos que empezamos a hacer ejercicio. Durante las primeras semanas no vemos grandes cambios, podemos pensar: “Esto no funciona”.
Empezamos terapia y después de varias sesiones seguimos teniendo pensamientos que nos generan malestar: “No estoy mejorando”.
Intentamos aprender un idioma y después de un mes seguimos cometiendo errores: “No se me da bien”.
Comenzamos un proyecto y los resultados tardan en llegar: “Esto no está funcionando”.
En todos estos casos podemos estar confundiendo dos cosas muy diferentes: que algo no esté funcionando y que algo todavía no haya tenido tiempo suficiente para funcionar. Y esta diferencia es fundamental.
Estamos acostumbrados a introducir una acción y obtener una respuesta casi inmediata. Pulsamos un botón y ocurre algo. Hacemos clic y aparece una página. Compramos y recibimos un correo de confirmación. Pero los procesos humanos no funcionan así.
A veces hacemos las cosas bien y, aun así, durante un tiempo no vemos resultados. Y eso no significa necesariamente que debamos cambiar de estrategia, abandonar o buscar una solución diferente. A veces significa, sencillamente, que todavía estamos en proceso.
La trampa del alivio inmediato
Hay otra cuestión muy interesante: la inmediatez no solo nos acostumbra a conseguir rápidamente aquello que queremos. También puede acostumbrarnos a querer eliminar rápidamente aquello que no queremos sentir:
Sentimos aburrimiento → buscamos entretenimiento.
Sentimos ansiedad → buscamos algo que nos calme inmediatamente.
Sentimos incertidumbre → necesitamos una respuesta.
Estamos tristes → buscamos distraernos.
Estamos frustrados → abandonamos.
Tenemos un pensamiento desagradable → intentamos apartarlo.
Sentimos ganas de comprar algo → lo compramos.
Nos encontramos incómodos en una conversación → queremos resolverla cuanto antes.
Por supuesto, ninguna de estas conductas es problemática por sí misma. El problema aparece cuando se convierten en nuestra única respuesta ante el malestar. Porque algunas emociones no necesitan desaparecer inmediatamente:
La ansiedad puede necesitar ser comprendida.
La tristeza puede necesitar ser atravesada.
La incertidumbre puede necesitar ser tolerada.
La frustración puede necesitar espacio.
Y, en ocasiones, lo que más necesitamos no es encontrar una solución inmediata, sino descubrir que podemos sentirnos incómodos sin tener que actuar inmediatamente para dejar de estarlo.
Cuando entre el impulso y la acción apenas queda espacio
La inmediatez también puede favorecer la impulsividad. Entre lo que sentimos y lo que hacemos existe un espacio, a veces es muy pequeño, pero está ahí.
Me enfado y puedo responder inmediatamente o esperar.
Tengo ganas de comprar algo y puedo hacerlo en ese momento o darme unas horas.
Me preocupa algo y puedo empezar a comprobarlo compulsivamente o permitir que la duda permanezca.
Estoy aburrido y puedo coger el móvil o quedarme unos minutos sin hacer nada.
Ese pequeño espacio es importante porque es donde aparece nuestra capacidad de elección.
No siempre podemos decidir qué sentimos, pero sí podemos aprender a decidir qué hacemos con lo que sentimos. Y para eso necesitamos tolerar, aunque sea durante unos minutos, la incomodidad de no actuar.
¿Nos estamos olvidando de aburrirnos?
Quizá una de las pérdidas más silenciosas de esta época sea nuestra capacidad para aburrirnos. El aburrimiento no es necesariamente un problema que tengamos que solucionar; sin embargo, nos hemos acostumbrado a que cualquier momento sin estímulos pueda llenarse inmediatamente. Esperamos el autobús y sacamos el móvil; estamos en una sala de espera y sacamos el móvil; estamos solos en casa y sacamos el móvil; terminamos una tarea y, casi sin darnos cuenta, volvemos a él. Incluso al meternos en la cama o al despertarnos, muchas veces lo primero que hacemos es buscar algún estímulo.
Así vamos ocupando pequeños espacios que antes podían estar vacíos. Y aunque pueda parecer algo insignificante, la ausencia de estímulos también es una experiencia que necesitamos aprender a tolerar. No todo momento tiene que ser productivo, ni todo momento tiene que ser entretenido, ni todo silencio necesita llenarse. A veces podemos simplemente esperar, mirar por la ventana, dejar que nuestra mente divague o no hacer absolutamente nada.
Porque a veces no hacer nada es, sencillamente, no hacer nada.
No necesitamos volver al pasado
Llegados a este punto, quizá alguien pueda pensar que la solución es renunciar a todo esto. Volver a una vida sin redes sociales. Comprar únicamente en tiendas físicas. No utilizar tecnología. Aprender a esperar como antes.
Pero no creo que ese sea el objetivo. La tecnología forma parte de nuestra vida y nos ofrece posibilidades extraordinarias. No se trata de demonizarla ni de idealizar un pasado que también tenía sus propios problemas.
Se trata de algo mucho más sencillo: que la posibilidad de obtener algo inmediatamente no se convierta en la necesidad de obtenerlo inmediatamente. Podemos disfrutar de la rapidez sin perder la capacidad de esperar. Podemos utilizar el móvil sin necesitarlo cada vez que aparece un segundo de aburrimiento. Podemos buscar una respuesta rápidamente y, al mismo tiempo, tolerar no saber algo durante un rato. Podemos querer resultados y aceptar que determinados procesos necesitan tiempo.
En definitiva, podemos vivir en una sociedad inmediata sin convertirnos en personas incapaces de esperar.
Pequeños entrenamientos para recuperar la capacidad de esperar
No hace falta hacer grandes cambios, de hecho, quizá sea más útil empezar por pequeñas situaciones cotidianas que nos permitan volver a practicar aquello que hemos dejado de entrenar.
1. No respondas siempre inmediatamente. No tienes que contestar cada mensaje en cuanto aparece, no porque haya que jugar a hacerse esperar, sino porque estar disponible no significa estar permanentemente disponible. Permítete terminar lo que estás haciendo antes de responder.
2. Retrasa algunos impulsos. Cuando tengas ganas de comprar algo, comer algo, mirar una notificación o comprobar una información, prueba a esperar unos minutos.
No se trata de prohibírtelo, se trata de introducir un pequeño espacio entre «me apetece hacerlo» y “lo hago”. A veces descubrirás que sigues queriéndolo y otras veces descubrirás que el impulso ya ha disminuido.
3. Deja algunos momentos sin estímulos. Prueba a caminar sin escuchar nada, a comer sin televisión, a esperar sin sacar el móvil, a ducharte sin un podcast o simplemente a estar unos minutos sentado sin intentar entretenerte. Al principio puede resultar sorprendentemente incómodo, porque estamos muy acostumbrados a llenar cualquier pequeño espacio con algún estímulo. Y precisamente por eso puede ser un buen entrenamiento: aprender que no necesitamos estar constantemente entretenidos, ocupados o estimulados para poder estar bien.
4. Practica el aburrimiento. Cuando aparezca ese pensamiento de “no tengo nada que hacer”, prueba a no solucionarlo inmediatamente. Quizá puedas observar qué ocurre. El aburrimiento sube, permanece un rato y después cambia. No siempre necesitamos escapar de él.
5. Pregúntate si estás ante una urgencia o ante una incomodidad. Esta pregunta puede ser especialmente útil: “¿Esto necesita realmente una solución inmediata o simplemente me resulta difícil esperar?” porque no es lo mismo. Que algo sea incómodo no significa que sea urgente.
6. Dale tiempo a los procesos que lo necesitan. Antes de abandonar algo porque todavía no ves resultados, pregúntate: “¿Cuánto tiempo necesita realmente esto?”. No cuánto tiempo te gustaría que necesitara, ni cuánto tardan los demás, ni cuánto tarda una solución rápida. ¿Cuánto tiempo necesita realmente? Porque quizá algunas cosas no necesiten que hagas más, sino que continúes. A veces, no ver todavía el resultado no significa que no esté ocurriendo nada.
Aprender a esperar también es aprender a confiar
Quizá, en el fondo, recuperar nuestra capacidad para esperar tenga menos que ver con aprender a tener paciencia y más con aprender a tolerar una idea que no siempre resulta sencilla: no tener todavía aquello que queremos. No saber todavía, no haber llegado todavía, no estar bien todavía, no tener una respuesta todavía, no haber conseguido todavía el resultado que esperamos.
Vivimos rodeados de herramientas que nos permiten reducir muchas esperas, y eso es maravilloso cuando podemos aprovecharlo. Pero hay procesos que no podemos acelerar sin más. Hay conversaciones, relaciones, aprendizajes y heridas que necesitan tiempo, y también hay versiones de nosotros mismos que no aparecen de un día para otro.
Quizá el objetivo no sea convertirnos en personas que nunca tienen prisa, sino en personas capaces de aceptar que algunas cosas necesitan su propio ritmo. Poder querer algo y saber esperar. Poder sentir malestar sin tener que eliminarlo inmediatamente, aburrirnos sin sentir que estamos perdiendo el tiempo, no saber algo sin buscar la respuesta al instante yestar en mitad de un proceso sin exigirnos haber llegado ya al final.
Porque, al final, la libertad no está únicamente en poder conseguir las cosas rápidamente. También está en no necesitar que todo ocurra inmediatamente.


